San Estanislao, nació en Szczepanow, cerca de Cracovia el día 26 de
julio de 1030. Fue hijo único. Su nacimiento puede considerarse como
un prodigio, pues vino al mundo después de treinta años de casados
sus padres.
Los padres, Wielislaw y Bogna, de noble alcurnia, llevaban vida
austera y piadosa, siendo muy estimados por sus grandes virtudes.
En el hogar paterno Estanislao recibió una esmerada cultura, tanto
moral como intelectual; sus estudios superiores los realizó en
Cracovia y en París.
Fue ordenado sacerdote por el obispo de Cracovia, Lamberto, siendo
elegido sucesor de esta sede el día 2 de febrero de 1072. Gobernó
valientemente la diócesis durante ocho años, al cabo de los cuales
fue martirizado.
El día 17 de septiembre de 1253 quedó canonizado en Asís por el papa
Inocencio IV. El papa Clemente VIII extendió su culto para toda la
Iglesia en el año 1605.
La muerte de San Estanislao en el pensamiento polaco significa lo
mismo que la muerte de los valores con los cuales él vivía, por los
que luchaba y por los que murió como mártir. Con la muerte de estos
valores desaparecía también Polonia; por el contrario, con el
desarrollo de estas virtudes se reavivaron las almas de los polacos,
y sus méritos colmaban la nación de beneficios especiales.
Esta idea tan acertada —es un lema de la existencia de Polonia— y de
actualidad siempre en la vida del pueblo polaco, el papa Pío XII la
subrayó en una carta dirigida al cardenal primado de Polonia,
monseñor Esteban Wyszynski, el día 16 de julio de 1953.
No cabe duda. La figura del Santo constituye para todo el pueblo
polaco, en su marcha histórica, ideológica y natural, un magnífico
ejemplar y seguro guía.
Por otra parte, la grandeza de San Estanislao consiste en saber vivir
y realizar el ideal de nuestra religión, tantas veces subrayado por
San Pablo: christianus sum. Este ideal le hizo hombre de gran virtud,
fundada en la confianza en Dios, que por honrarle, por la religión
verdadera, por la justicia, por la libertad y salvación de su pueblo,
llegaba a despreciar todas las penas, dificultades, cruces y
sufrimientos, guardando siempre en los momentos más importantes y
duros de su vida el equilibrio de su espíritu, su fervorosa piedad y
un alma inquebrantable.
No es cierto que San Estanislao fuera un hombre duro y de un
temperamento rencoroso y terco que le llevara al conflicto con el rey
Boleslao y, en consecuencia, a la muerte. Es una opinión falsa y sin
fundamento, porque los motivos de su actuación que causaron su
martirio eran altamente cristianos, dignos de un obispo católico.
El primer biógrafo y famoso historiador polaco, Jan DIugosz, confirma
esta opinión diciendo: "Estanislao era de carácter dulce y humilde,
pacífico y púdico; era muy cuidadoso en reprimir sus propias, faltas
antes de hacerlo con sus prójimos; era un alma que jamás mostró
soberbia ni se dejó llevar por la ira, muy atento, de naturaleza
afable y humano, de gran ingenio y sabiduría, y dispuesto siempre a
ayudar a quien necesitaba ayuda alguna. Odiaba la adulación e
hipocresía, mostrándose siempre sencillo y de corazón abierto".
En una palabra, el obispo de Cracovia era un hombre serio, templado y
de verdadera santidad.
Todo lo contrario le ocurría al rey polaco Boleslao. Era un gran
guerrero, muy valiente y audaz; pero también era figura de grandes
vicios y de muy débil voluntad, defectos que le oscurecieron la
inteligencia y le llevaron a la mayor catástrofe de su vida.
Agravaron esta situación suya los éxitos políticos y militares, hasta
tal punto que en su soberbia Boleslao llegó a creer que a él, el rey,
le estaba permitido todo; su conducta se manifestó entonces
totalmente amoral, dando paso a sinnúmero de crueldades y abusos que
clamaron al cielo.
San Estanislao, viendo un mal tan grande y pecados tan notorios, no
pudo quedarse tranquilo; callar en esta situación significaba lo
mismo que aprobar la conducta del rey. Decidió entonces intervenir.
Varios eran los motivos que tenía San Estanislao para amonestar al
soberano. En primer lugar era el obispo de la capital de Polonia,
vivía cerca de la corte del rey, era el obispo de la Iglesia de
Cristo, que no podía quedarse mudo frente a un pecador público; era
un cristiano que debía amonestar a un hermano suyo que estaba errando.
Además, Estanislao era un alto dignatario de la Corona y por esto
quería demostrar su disconformidad con los tímidos cortesanos.
Sin embargo, la empresa no era fácil ni sin grandes peligros, pues
Gallus Anonimus, la auténtica historia polaca de aquella época, llama
al rey Boleslao "rex ferox". Se debía, por tanto, emplear la máxima
prudencia.
San Estanislao, en el cumplimiento de este deber suyo, se mostró a su
debida altura. Amonestaba al rey pidiendo y rogándole que cambiase su
postura, que frenase su inmoralidad, el terror y toda la ilegalidad.
Actuaba paternal y pacíficamente, sin ira y sin faltar al respeto a
un soberano.
Sin embargo, todos sus esfuerzos fueron vanos. Según Jan Dlugosz, el
efecto era contrario. El rey, en vez de prestar atención a los
consejos de su obispo, se llenaba de furia y contestaba con amenazas,
olvidándose de su propio honor. Boleslao no quiso ver en la persona
del obispo de Cracovia sino a un audaz enemigo que se atrevía a
reprimir al rey. En consecuencia, la justa postura del obispo de
Cracovia quedó juzgada falsamente y, herido el corazón del rey,
decidió su muerte. Aprovechando la ocasión de que el obispo celebraba
una misa en las afueras de la ciudad, en la iglesia llamada "Na
Skalce”, invadió el templo con su cuadrilla y le mató personalmente
durante el santo sacrificio.
La leyenda que siempre acompaña a hechos tan extraordinarios dice que
el rey se detuvo ante la puerta de la misma iglesia, mandando entrar
a sus soldados y dar la muerte al santo obispo. Estos, intentando
cumplir la orden, tres veces llegaron hasta el altar y tres veces,
aterrorizados por el miedo, huyeron del templo. Fue entonces cuando
el furibundo rey penetró y, yéndose hasta el altar, personalmente
mató al ilustre prelado. Cometido el crimen, mandó sacar el cadáver
fuera de la iglesia y machacarlo con las espadas.
Satisfecho de su éxito dejó los restos a la intemperie para que
fueran pasto de las fieras. Sin embargo, era Dios mismo, prosigue la
leyenda, quien se preocupó por estos santos restos mortales de un
obispo mártir. En el lugar del sacrilegio aparecieron cuatro grandes
águilas reales que volaron sobre estas reliquias durante el tiempo
que tardó en integrarse el cuerpo de nuevo y hasta que Ilegaron los
sacerdotes para recogerlo.
Esta leyenda tiene mucha aceptación en Polonia, pues su símbolo
profético era, y es, muy vivo. La maldad desmembró el cuerpo del
obispo Estanislao, la santidad lo unió milagrosamente de nuevo. En la
vida histórica de la nación varias veces la maldad desmembró a
Polonia, pero era la santidad, la penitencia del pueblo, sus
sacrificios y la perseverancia en sus altos valores lo que unía a
Polonia de nuevo y la resucitaba. Siempre que Polonia defendía el
reinado de Dios, la Verdad, la justicia y el bien de las almas era
nación grande e invencible; si traicionaba estos valores caía
desmembrada.
Los amigos del rey justificaban al soberano divulgando que el castigo
era justo porque el obispo de Cracovia era un traidor. Hoy día esta
canción la cantan también los enemigos de Polonia. Y surge la
pregunta: ¿A quién debía obedecer el obispo de Cracovia? ¿A Dios o al
rey? ¿Debía, acaso, traicionar su fe y a su Dios y servir a un rey
que ha traicionado todo? San Estanislao se mostró un obispo intrépido,
un magno defensor de los derechos de Dios, de la moral y de la
justicia. He aquí su gloria y su ejemplo para todos los cristianos.
Dios, justo y santo, honró esta postura, pues tanto durante su vida
como después de su muerte muchos milagros —el proceso de canonización
revisó 36 de primera clase— glorificaron la santidad de este
intrépido obispo de Cracovia.
San Estanislao era uno de estos seres a quienes Dios, queriendo
manifestar su omnipotencia, y para que sirvan de ejemplo a los demás
hombres, les concede bienes sobrenaturales, con el fin de que, por
ellos, la verdad de la fe y de la religión brille para la salvación y
confortación de los creyentes.